1810 y hoy: pensar la patria en serio
En estos días volví a pensar en lo que significó 1810. No como una efeméride escolar, sino como un momento en el que distintos sectores entendieron que el rumbo político y económico debía discutirse aquí y no lejos de estas tierras.
Aquellos hombres y mujeres no pensaban todos igual. Mariano Moreno impulsaba cambios profundos y rápidos; Cornelio Saavedra prefería avanzar con mayor cautela; Manuel Belgrano y Juan José Castelli proponían reformas que buscaban modificar estructuras económicas y sociales. También había sectores que querían conservar el orden existente. La Revolución de Mayo no fue unanimidad: fue discusión, conflicto y decisión.
Hasta aquí, historia conocida. Pero lo importante no es repetirla, sino preguntarse para qué sirve recordarla.
A partir de cierto punto, mirar el pasado deja de ser un ejercicio académico y se vuelve una herramienta para entender el presente. Porque también hoy se discute qué país se quiere construir, quién se beneficia con las decisiones económicas y qué lugar ocupan el trabajo, los recursos y los derechos.
Y sin embargo, muchas veces el debate público parece reducido a consignas simples, frases hechas y discusiones superficiales. Se opina rápido, se repiten ideas ajenas, se consume información fragmentada. Pensar en serio, leer, comparar, discutir con argumentos, se vuelve cada vez menos frecuente. Y una sociedad que deja de pensar termina aceptando lo que otros deciden por ella.
La historia muestra algo incómodo: cuando la mayoría se desentiende, las decisiones no se detienen; simplemente las toman otros. Siempre fue así.
En 1810 no actuaron millones de personas organizadas y conscientes desde el primer día. Hubo minorías que empujaron, debates intensos, tensiones, errores y avances. Pero hubo también una sociedad que, poco a poco, entendió que lo que estaba en juego era su propio destino.
Hoy nadie necesita empuñar armas ni repetir gestas. Pero sí hace falta algo igual de difícil: informarse, pensar críticamente, discutir con seriedad, no aceptar relatos cómodos sin contrastarlos con la realidad concreta.
Porque la patria no es una palabra abstracta ni un símbolo vacío. Es el salario que alcanza o no alcanza, el trabajo que existe o desaparece, los recursos que quedan en el país o se van, las oportunidades que tienen o no tienen las próximas generaciones.
El paralelismo con 1810 no está en copiar el pasado ni en buscar próceres nuevos. Está en algo mucho más simple y mucho más exigente: dejar de ser espectadores.
Ninguna sociedad mejora porque sí. Mejora cuando suficientes personas dejan de mirar de costado, dejan de repetir lo que escuchan y empiezan a preguntarse qué está pasando realmente y qué se puede hacer.
Tal vez la verdadera pregunta no sea si estamos en un momento histórico comparable a otro, sino si estamos dispuestos a pensar con profundidad, a discutir con honestidad y a actuar con responsabilidad.
Porque el rumbo de un país nunca está escrito de antemano. Siempre lo termina definiendo el nivel de conciencia, de compromiso y de coraje intelectual que tenga su propia sociedad.