El capitalismo se suicida financiando la inteligencia artificial

Hay una provocación que no deja de dar vueltas en mi cabeza:
¿y si el capitalismo estuviera acelerando su propio colapso al invertir miles de millones en inteligencia artificial?

La premisa parece simple. Si los sistemas productivos reemplazan trabajadores —administrativos, técnicos, incluso creativos— por automatización, entonces disminuyen los salarios distribuidos en la sociedad. Y si no hay salarios, no hay consumo. Sin consumo, no hay mercado. Sin mercado, el motor mismo del capitalismo comienza a fallar.

Es casi una paradoja trágica: en la búsqueda de mayor eficiencia y rentabilidad, se erosiona la base que permite que esas ganancias existan.

El problema no es la tecnología

La innovación siempre ha sido disruptiva. Cada revolución industrial desplazó oficios, transformó economías y obligó a redefinir el valor del trabajo humano. La IA no es la excepción; es, quizás, la versión más acelerada y profunda de ese fenómeno.

La disrupción, entonces, es inevitable.

La verdadera pregunta es otra: ¿cómo se gestiona?
¿Quién absorbe los costos de la transición?
¿Quién se beneficia de las ganancias extraordinarias que genera?

Sin una mirada humana, la IA puede convertirse en un amplificador brutal de desigualdades.

Capitalismo como cultura

Si entendemos el capitalismo no solo como un sistema económico sino como una forma de vida —basada en acumulación, competencia y ambición sin límites claros— entonces la adopción masiva de IA encaja perfectamente.

Automatizar más.
Reducir costos más.
Ganar más - a costa de quien sea

El problema es que esta lógica, llevada al extremo, puede vaciar de poder adquisitivo a grandes mayorías. Y cuando eso ocurre, el crecimiento infinito choca contra un límite muy concreto: la realidad social.

¿Se puede frenar?

Aquí aparece el dilema más incómodo.

Es extremadamente difícil retroceder frente a una innovación tecnológica poderosa. Una vez que existe, alguien la va a usar. Pedir que se “apague” hasta construir una sociedad más justa suena razonable desde la ética, pero improbable desde la práctica.

La competencia global, los intereses corporativos y la promesa de ventaja estratégica hacen que detener la carrera parezca casi imposible.

Gestionar lo inevitable

Tal vez la salida no sea frenar la disrupción, sino acompañarla con nuevas reglas:

  • redistribución de la riqueza generada por la automatización,
  • reconversión laboral real,
  • reducción de jornadas,
  • nuevos esquemas de protección social,
  • participación más amplia en los beneficios tecnológicos.

La IA podría liberar tiempo humano, mejorar servicios, potenciar creatividad. Pero sin cambios estructurales, también puede concentrar riqueza y poder a niveles inéditos.


Modelos de implementacion de IA entre occidente y oriente

Mirando hacia otros modelos

Algunos observadores señalan que potencias como Rusia y China siguieron —con matices y enormes diferencias internas— un camino distinto: priorizar primero la consolidación de su estructura política y social, y después incorporar de forma más escalonada tecnologías disruptivas como la IA.

Desde esta mirada, incluso en medio de tensiones profundas con Occidente —sanciones, guerras comerciales y conflictos militares como la guera con Ucrania— ambos países han logrado sostener dinámicas de crecimiento interno y planificación de largo plazo.

Quienes defienden esta postura lo leen como evidencia de que el orden de los factores altera el resultado: primero cohesión y dirección estratégica; luego automatización masiva.

Por supuesto, no se trata de modelos perfectos ni exentos de críticas, en transparencia o distribución del poder. Pero funcionan como contraejemplos útiles para discutir si la adopción tecnológica debe estar subordinada a un proyecto social más amplio, en lugar de ser guiada principalmente por la rentabilidad leonina.

Entonces, ¿suicidio o transformación?

Quizás no estemos viendo un suicidio, sino una mutación.
Un punto de inflexión donde el capitalismo deberá reinventarse o enfrentar tensiones cada vez mayores.

La historia muestra que los sistemas cambian cuando la presión social los obliga. La pregunta es ¿cuánto dolor colectivo ocurre antes de que esa adaptación llegue?.

Mientras tanto, seguimos avanzando, fascinados por lo que la tecnología puede hacer, sin conciencia de lo que puede deshacer.

Y en ese equilibrio inestable se juega el futuro del trabajo, del mercado y, posiblemente, de nuestra idea misma de prosperidad.


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