La era donde pensar dejó de ser necesario
Durante décadas hubo quienes advirtieron que la concentración de poder —político, económico, mediático o religioso— terminaría generando formas cada vez más sofisticadas de control. Durante mucho tiempo esas advertencias parecían exageradas o conspirativas. Hoy, sin embargo, basta observar la vida cotidiana para notar que algo cambió profundamente en la manera en que las sociedades perciben la realidad y reaccionan frente a los abusos.
Antes, los grandes escándalos o las injusticias graves generaban movilización, investigación, presión social real. Hoy, con frecuencia, generan otra cosa: contenido. Se consumen, se comentan, se olvidan y son reemplazados por el siguiente tema en cuestión de días o incluso horas.
Internet prometía lo contrario. Prometía democratizar la palabra, romper monopolios informativos, permitir que cualquiera investigara, aprendiera y denunciara. Y en parte lo hizo. Pero también creó un entorno que funciona bajo reglas que pocos comprenden y casi nadie controla.
Un dato revelador: distintos estudios de tráfico digital muestran que una proporción enorme de la actividad en Internet —en algunos momentos cercana a la mitad— no proviene de personas, sino de sistemas automatizados. Bots, redes de amplificación, mecanismos diseñados para dirigir conversaciones, instalar temas o inflar tendencias. No se trata solo de publicidad o marketing. Se trata de percepción pública.

Pero hay algo todavía más inquietante.
Un canal de comunicación, por definición, tiene dos vías. Se habla y se escucha. Se emite y se responde. Se discute y se transforma el pensamiento. Sin embargo, el ecosistema digital actual parece empujar hacia otra lógica: una sola vía.
Creemos que participamos, pero en gran medida solo recibimos. Recibimos contenidos seleccionados por algoritmos, recibimos temas elegidos por tendencias, recibimos interpretaciones empaquetadas. Incluso cuando creemos buscar, en realidad elegimos entre opciones previamente filtradas.
La curiosidad, que durante siglos fue el motor del conocimiento, empieza a volverse innecesaria en un entorno donde todo llega servido, resumido y listo para consumir. Investigar requiere esfuerzo; deslizar el dedo, no.
En ese proceso, también se naturaliza algo peligroso: la pérdida gradual de derechos, de privacidad y de acceso a información profunda. No ocurre de golpe, ocurre lentamente, entre distracciones, polémicas efímeras y ciclos de indignación que se disuelven antes de producir cambios reales.
Casos extremadamente graves, como el de Jeffrey Epstein, muestran otra cara del problema: hechos que deberían provocar investigaciones persistentes y memoria colectiva terminan absorbidos por el espectáculo informativo, mezclados con teorías, entretenimiento y saturación.
Nada escandaliza por mucho tiempo cuando todo compite por atención.
Tal vez la pregunta ya no sea si Internet informa o desinforma. Tal vez la pregunta más incómoda sea otra:
¿Seguimos siendo participantes de la conversación pública… o nos estamos convirtiendo en audiencia permanente de una realidad editada?
Y si el flujo de información se vuelve cada vez más unidireccional, la cuestión de fondo es aún más inquietante:
¿En qué momento dejamos de hablar entre nosotros y empezamos simplemente a escuchar lo que otros decidieron que debíamos oír?