El mal que no queremos ver

El mal que no queremos ver

Siempre buscamos un demonio

"No puede ser humano. Eso solo lo haría un demonio."
Si alguna vez pensaste esto al enterarte de un escándalo, un abuso o un crimen que te dejó sin palabras, no estás solo. En Argentina, como en muchos lugares del mundo, reaccionamos así una y otra vez: buscamos explicaciones fuera de lo humano. Buscamos fuerzas externas, conspiraciones invisibles, manipulaciones que “justifiquen” lo que resulta insoportable de aceptar: que cualquier ser humano, incluso los que admiramos, puede hacer cosas horribles.

Por qué buscamos fuerzas externas

Nos da alivio. Es más fácil pensar que el mal viene de afuera que asumir que está dentro de la experiencia humana. Si el mal es algo externo, seguimos siendo buenos, seguimos creyendo que la sociedad tiene sentido. Admitir que cualquiera puede cometer atrocidades genera ansiedad: nos obliga a mirarnos de frente y preguntarnos qué somos capaces de hacer. Y eso duele.

El reflejo cultural

No es casual que esto ocurra en un país con una tradición católica profunda. Historias de demonios, posesiones y fuerzas que corrompen al inocente forman parte de nuestro imaginario colectivo. Incluso para quienes no somos creyentes, estas imágenes funcionan como símbolos: representan lo que queremos mantener fuera de nosotros y de nuestra sociedad.

Pero ojo: no se trata de culpar a la fe. La religión puede ser un camino de sentido y de ética para millones de personas. El problema aparece cuando la sociedad usa esas ideas simbólicas para evitar enfrentar la realidad incómoda: que el mal es humano. Reconocerlo no debilita la espiritualidad; simplemente nos permite mirar las cosas con más claridad.

Excusas para figuras públicas

Los escándalos de políticos, artistas o empresarios muestran este mecanismo en acción. Las explicaciones tienden a buscar culpables externos: “fue manipulado”, “no era él mismo”, “alguien lo obligó”. Estas narrativas alivian nuestra ansiedad social: nos dicen que el problema está afuera y no amenaza nuestra identidad colectiva.

Pero el efecto secundario es evidente: la responsabilidad se diluye. Si el mal siempre viene de afuera, no necesitamos cuestionar al individuo ni a la sociedad que lo rodea. Y así, los errores se repiten, la impunidad se perpetúa, y seguimos confiando en líderes o instituciones como si fueran inmunes a la corrupción.

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Una mirada secular

Desde un enfoque secular o racional, el mal deja de ser una fuerza externa y se entiende como parte de la experiencia humana. Esto no significa que todos los humanos sean malos, ni que la vida sea un caos moral sin sentido. Significa que nuestras decisiones tienen consecuencias, y que asumir nuestra capacidad de equivocarnos y de hacer daño es el primer paso para construir sociedades más justas.

Podemos valorar la herencia cultural y religiosa como un gran caudal de símbolos y enseñanzas, sin necesidad de invocar fuerzas sobrenaturales para entender lo que ocurre. El mal es humano, y asumirlo nos da poder: nos permite actuar, corregir errores y protegernos sin depender de fantasías externas que alivien nuestra incomodidad.

La necesidad de un orden moral

Lo más profundo de este fenómeno es algo que nos atraviesa a todos: la necesidad de creer que el mundo tiene un orden moral. Queremos pensar que el bien y el mal están claros, que existen reglas y justicia. Admitir que el mal puede ser humano, cotidiano y cercano nos obliga a cuestionarlo todo: líderes, instituciones, normas y a nosotros mismos.

Por eso resulta más cómodo inventar demonios o fuerzas externas que expliquen lo inexplicable. Nos tranquiliza pensar que la maldad no está en nosotros ni en los que admiramos. Pero esa comodidad tiene un precio: si no reconocemos la dimensión humana del mal, nos volvemos más vulnerables a repetir errores, a excusar conductas dañinas y a naturalizar injusticias.

Aceptar que el mal es humano no significa perder la esperanza ni el sentido de justicia. Significa asumir responsabilidad. Significa mirar de frente lo que somos capaces de hacer y, con esa conciencia, intentar construir un mundo más ético, más justo y más humano. Somos 2 caras de la misma moneda, y tenemos la elección de utilizar una de las 2, para construir para todos, o destruir lo que nos molesta u odiamos. No hay demonios externos.

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