Esta reflexión no nace de una lectura concreta, sino de una observación reiterada: en la modernidad, la esperanza parece haberse convertido en una forma socialmente aceptada de no actuar. Se la presenta como virtud, pero en muchos casos funciona como una suspensión de la responsabilidad presente, apoyada en la expectativa de que algo —el tiempo, el sistema, otros— termine resolviendo lo que hoy resulta incómodo afrontar.


La esperanza contemporánea rara vez se fundamenta en datos, planes o acciones concretas. Más bien adopta la forma de una promesa vaga de salvación futura, un esquema profundamente familiar en la historia humana.



Una herencia religiosa que persiste


La idea de que el sufrimiento actual será compensado más adelante es central en las religiones monoteístas. Aunque hoy se exprese de manera secular, la estructura mental persiste: resistir ahora, confiar después.

Friedrich Nietzsche lo expresó con crudeza al afirmar que

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.”

Más allá de la provocación, la frase apunta a algo esencial: la esperanza no elimina el dolor ni el problema, sino que lo hace tolerable, y en ese gesto lo perpetúa.

No es necesario ser religioso para reproducir este patrón. La cultura lo ha integrado como una respuesta automática ante la incertidumbre: esperar que las cosas mejoren se percibe como sensato, incluso moralmente correcto.


Ilustración de una persona sentada en un sillón, indiferente al caos que la rodea, como símbolo de la apatía.

Cuando la esperanza sustituye a la acción


El problema no es la esperanza en sí, sino su uso como reemplazo de la acción. Cuando se espera, se pospone. Cuando se pospone, se diluye la urgencia.

Esto es visible en múltiples ámbitos:


  • en la política, esperar al próximo ciclo;

  • en la economía personal, esperar a que cambien las condiciones;

  • en la crisis climática, esperar una solución tecnológica futura.


Albert Camus, desde una posición existencialista, advertía:

“El verdadero generoso con el porvenir es el que lo da todo en el presente.”

Aquí la esperanza deja de ser virtud y se convierte en coartada. No motiva el cambio; lo aplaza indefinidamente.



Pensar sin consuelo


Renunciar a la esperanza no implica caer en el nihilismo, sino asumir una postura más incómoda: actuar sin garantías. Pensar desde la lucidez, no desde el consuelo.

Hannah Arendt insistía en que la acción es siempre incierta, pero inevitable:

“La acción, a diferencia de la fabricación, nunca tiene un resultado seguro.”

Aceptar esto implica abandonar la expectativa de salvación y reemplazarla por decisión, responsabilidad y presencia.


Tal vez la esperanza no sea siempre una fuerza constructiva. En muchos casos, es simplemente una herencia cultural que suaviza la angustia de no actuar. La pregunta no es si debemos conservarla, sino cuándo debemos tener el coraje de dejarla atrás.




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