Pensar en un contexto deteriorado
En mi país, el deterioro del debate público es evidente. La discusión social se ha ido poblando de explicaciones cada vez más cargadas de conceptos, diagnósticos totalizantes y lecturas que intentan abarcarlo todo: la cultura, la historia, la política, la economía, la psicología colectiva. Frente a una realidad marcada por el empobrecimiento material, el vaciamiento cultural y la proliferación de odios irracionales —por motivos de etnia, opinión o pertenencia política—, explicar parece una forma de resistencia.
Sin embargo, esa pulsión explicativa, comprensible y muchas veces bien intencionada, no siempre produce claridad. Con frecuencia ocurre lo contrario: la explicación se vuelve tan densa, tan cerrada sobre sí misma, que deja de iluminar la realidad que pretende describir. Lo que nació como observación crítica termina transformándose en un discurso que se aleja del fenómeno concreto y se vuelve descabellado, exagerado o difícil de sostener.
Este texto parte de esa incomodidad. No para desacreditar el pensamiento, la teoría o el análisis intelectual, sino para preguntarse por sus límites. Porque cuando la explicación pierde proporción, no solo falla como herramienta de comprensión: también contribuye al mismo ruido que dice combatir.
1. El problema del exceso explicativo
El exceso explicativo aparece cuando el análisis deja de estar al servicio de la realidad y pasa a exigir que la realidad se adapte al análisis. En lugar de describir un fenómeno social, se lo fuerza a encajar en un marco teórico previo, muchas veces rígido o totalizante.
El resultado es paradójico: cuanto más se explica, menos se entiende.
Este fenómeno suele manifestarse en discursos que:
- Añaden capas conceptuales innecesarias
- Acumulan causas sin jerarquía
- Transforman observaciones parciales en diagnósticos absolutos
- Confunden análisis con posicionamiento moral
2. Hiperracionalización: cuando pensar demasiado distorsiona
La hiperracionalización ocurre cuando se intenta explicar cada detalle desde una lógica cerrada, sin aceptar zonas de ambigüedad o azar. La realidad social, que es irregular y contradictoria, se vuelve artificialmente coherente.
No se trata de pensar mal, sino de pensar de más en una sola dirección.
Aquí el intelecto deja de ser una herramienta de comprensión y se convierte en un sistema de defensa de la propia explicación.
3. El sesgo de confirmación sofisticado
El sesgo de confirmación no desaparece con más lecturas ni con mayor formación teórica. A menudo, se vuelve más refinado.
Quien dispone de un aparato conceptual amplio puede seleccionar datos, autores y ejemplos que refuercen su tesis, ignorando aquellos que la contradicen. La explicación parece sólida, pero está blindada.
La complejidad, en este caso, no corrige el sesgo: lo embellece.
4. Inflación explicativa y pérdida de sentido
Cuando una explicación necesita demasiados factores para sostenerse, suele estar ocultando una debilidad central: la incapacidad de identificar lo principal.
Agregar causas no siempre mejora el análisis. Muchas veces lo diluye.
Una explicación inflada produce la ilusión de profundidad, pero reduce su capacidad para orientar, aclarar o intervenir sobre la realidad.
5. Análisis vs. juicio moral
Uno de los errores más frecuentes es confundir análisis con valoración.
- El análisis intenta comprender cómo y por qué ocurre algo.
- El juicio moral evalúa si eso es bueno, malo, justo o injusto.
Ambos pueden convivir, pero no deben mezclarse sin advertirlo. Cuando se fusionan, el discurso se vuelve emocional aunque conserve un tono racional. La explicación ya no busca entender, sino legitimar una postura previa.
6. Criterios simples para una explicación proporcionada
A continuación, algunos criterios prácticos para mantener el equilibrio:
a) Criterio de suficiencia
Si una explicación funciona sin un elemento adicional, ese elemento es prescindible.
b) Una causa principal
Identificar una causa dominante no niega la complejidad, la organiza. Sin jerarquía causal, todo explica y nada explica.
c) Verificabilidad mínima
Toda explicación debería poder ser refutada por algún hecho imaginable. Si no existe ese límite, no es análisis, es creencia.
d) Separación clara
Distinguir siempre entre hechos, interpretación y opinión.
e) Economía conceptual
Más conceptos no implican más claridad. Usar los estrictamente necesarios.
f) Interlocutor real
Si la explicación solo es comprensible dentro de un círculo ideológico o académico, se ha vuelto endogámica.
g) Proporción causa–efecto
Evitar causas totales para fenómenos parciales. Las explicaciones absolutas suelen ser atajos intelectuales.
h) Síntesis
Si no puede expresarse la idea central en una frase clara, aún no está madura.
7. Pensar mejor, no pensar más
La crítica al exceso explicativo no es una crítica a la inteligencia, al pensamiento ni a la teoría. Es una crítica a su uso desproporcionado.
Pensar bien no es acumular explicaciones, sino elegir las que realmente explican.
En tiempos de confusión social, la claridad no es simplificación: es responsabilidad intelectual.