Pensar la estrategia política en Argentina
La discusión interna dentro de cualquier fuerza política que aspire a gobernar suele girar en torno a una tensión clásica: coherencia o poder. Pureza o mayoría. Identidad o eficacia.
En el contexto actual de Argentina, esa discusión adquiere una dimensión más profunda. No se trata solamente de una disputa táctica parlamentaria. Se trata de entender por qué una oposición puede sentirse impotente aun cuando denuncia irregularidades, abusos o desbordes institucionales.
El problema del poder real
En teoría, la legitimidad es poder. Pero en la práctica, la legitimidad solo se vuelve transformadora cuando logra traducirse en capacidad institucional: mayorías legislativas, conducción ejecutiva, influencia territorial o presión social organizada.
Sin ese paso, la legitimidad corre el riesgo de quedarse en retórica.
El desafío estratégico no es elegir entre legitimidad o poder, sino comprender cómo convertir capital simbólico en capacidad efectiva de decisión.
La sensación de cierre institucional
Cuando amplios sectores perciben que:
El Ejecutivo concentra poder.
El Congreso pierde capacidad de incidencia.
La Justicia no actúa como contrapeso.
La protesta social es deslegitimada o reprimida.
Se instala una sensación de clausura del sistema.
Y frente a eso suelen aparecer dos reacciones contraproducentes:
Radicalización emocional sin acumulación.
Retiro y desmovilización.
Ambas debilitan más a la oposición que al oficialismo.
Fragmentación y despolitización
Un elemento que suele agregarse al análisis es el impacto del ecosistema digital.
Las redes sociales y las grandes plataformas no se regulan localmente sino bajo marcos normativos extranjeros. Esto genera asimetrías en la circulación de información, en la moderación de contenidos y en la amplificación algorítmica de ciertos discursos.
En contextos de sociedad despolitizada o con formación ideológica superficial, las narrativas simples, emocionales y polarizantes encuentran terreno fértil.
Algunos autores llaman a esto “guerra híbrida”: combinación de desinformación, presión cultural y explotación de fracturas sociales preexistentes.
Ahora bien, incluso si existieran dinámicas de influencia externa, ninguna operación comunicacional prospera sin condiciones internas favorables. La desinformación no crea malestar desde cero: lo amplifica.
Por eso la fragmentación no puede explicarse únicamente por factores exógenos.
El punto estratégico central
El problema no es solamente que la oposición denuncie abusos. El problema es que esas denuncias no logran convertirse en agenda mayoritaria.
Si una parte significativa de la sociedad:
Prioriza estabilidad económica.
Valora discursos de orden.
Desconfía de la dirigencia tradicional.
O descree de la política como solución.
Entonces el desafío no es repetir la denuncia, sino reconstruir credibilidad.
Preguntas necesarias
Más que buscar explicaciones totales, quizás convenga formular preguntas incómodas:
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¿Qué demandas sociales están siendo interpretadas por el oficialismo que la oposición no supo canalizar?
¿Qué errores propios contribuyeron al descrédito?
¿Cómo se construye mayoría sin diluir identidad?
¿Cómo se politiza sin caer en alarmismo?
Reflexión
La política no es solo un espacio de convicciones. Es una estructura de
poder.
Pero el poder sin legitimidad es frágil, y la legitimidad sin poder
es impotente.
El desafío estratégico es unir ambas dimensiones.
En tiempos de fragmentación y polarización digital, la reconstrucción no pasa por la indignación permanente ni por la explicación conspirativa total. Pasa por recuperar capacidad de interpretación social, organización y propuesta concreta.
La pregunta no es únicamente quién tiene hoy el poder.
La pregunta es quién
está construyendo el poder de mañana.