La rebelión de las masas en la era de la hiperconectividad

Leí "La rebelión de las masas" hace décadas. Entonces me pareció un ensayo certero sobre la Europa convulsionada entre guerras y guerras. Hoy, al mirar nuestro presente saturado de pantallas, consignas y urgencias morales, el libro de José Ortega y Gasset resuena con una actualidad inquietante. Porque describió una estructura mental que hoy se ha expandido a escala digital.

Ortega no hablaba de “masas” como categoría económica ni como sinónimo de pobreza. La masa, decía, es un tipo humano: el que se siente cómodo siendo como todos, el que no aspira a exigirse más de lo que exige el promedio, el que cree que su opinión —por el solo hecho de tenerla— posee el mismo peso que cualquier reflexión trabajada. La rebelión no es social en el sentido clásico; es espiritual. Es la rebelión de la auto satisfacción de los que nadan a favor de la corriente general.

Hiperinformación sin jerarquía

Vivimos en la época de mayor acceso a información de la historia. Pero información no es cultura. Cultura implica jerarquía, criterio, perspectiva. Hoy consumimos datos como quien respira: titulares, hilos, fragmentos, recortes. Opinamos antes de comprender. Compartimos antes de verificar. Reaccionamos antes de pensar. En general consumimos contenido emocional mas que información, que por si misma escasea-

Ortega advertía sobre la “barbarie del especialista”: el técnico brillante que sabe muchísimo de un punto mínimo y casi nada del conjunto. Nuestro tiempo ha añadido otra forma de barbarie: la del opinador permanente, que no sabe en profundidad, pero habla de todo con seguridad absoluta. La tecnología ha democratizado la voz, pero no necesariamente la reflexión.

La masa digital no es ignorante por falta de acceso, sino por saturación sin asimilación.

Catarsis como sustituto de acción

Nunca fue tan fácil “participar”. Un comentario, un gesto simbólico, un hashtag, una indignación compartida. Todo parece acción. Pero muchas veces es solo descarga emocional.

La civilización —recordaba Ortega— no se sostiene con estados de ánimo colectivos, sino con minorías exigentes que trabajan, construyen, estudian, sostienen instituciones. El ruido no reemplaza al esfuerzo. La catarsis no reemplaza al compromiso sostenido.

En nuestro tiempo, la sensación de participación puede ser más intensa que la participación real. Se confunde visibilidad con poder. Se confunde expresión con transformación.

Democracia reducida al voto

Otro punto central del ensayo es su defensa de un liberalismo exigente. La democracia, para Ortega, no es simplemente el gobierno de la mayoría. Es un sistema de límites, normas y responsabilidades. Requiere ciudadanos formados, capaces de comprender que la libertad implica autocontención.

Hoy se ha instalado una idea peligrosa: que votar periódicamente agota el deber cívico. Como si la democracia fuera un trámite y no una cultura. Como si depositar una papeleta bastara para custodiar derechos, controlar al poder y sostener instituciones.

Cuando la ciudadanía delega completamente su responsabilidad en el acto electoral, comienza la erosión silenciosa. Las normas se flexibilizan. Los límites se relativizan. Los derechos se reinterpretan. Y muchas veces, cuando advertimos la pérdida, ya está avanzada.

La ilusión del progreso irreversible

Una de las intuiciones más profundas de Ortega es que el hombre-masa vive de los logros que no creó. Disfruta de derechos, comodidades y seguridades que son fruto de generaciones anteriores, pero los percibe como naturales, casi biológicos. Cree que el progreso es automático.

Ese es quizás el mayor peligro contemporáneo: pensar que las libertades están garantizadas por inercia histórica. Que las instituciones se sostienen solas. Que los derechos no requieren defensa cotidiana.

Pero la civilización no es un estado natural; es una construcción frágil. Cuando se debilita la exigencia intelectual y moral, cuando se relativiza la importancia de las normas, cuando se desprecia la competencia técnica y el conocimiento riguroso, el deterioro no siempre es espectacular. Suele ser gradual. Casi imperceptible. Hasta que deja de serlo.


Ilustración de SOCIEDAD HIPERCONECTADA en la era moderna.

El nuevo “señorito satisfecho”

Ortega describía al hombre-masa como un “niño mimado” de la historia moderna: disfruta de beneficios que no comprende y exige más sin asumir cargas. Nuestro tiempo ha amplificado esa actitud. Exigimos resultados inmediatos, soluciones instantáneas, derechos ampliados, pero mostramos impaciencia frente a los procesos, las mediaciones y los límites.

Se desconfía de la experiencia cuando contradice la emoción colectiva. Se sospecha del conocimiento cuando incomoda. Se confunde crítica con negación sistemática. Y, paradójicamente, en nombre de la igualdad se termina rechazando toda forma de excelencia.

¿Qué significa no ser masa hoy?

Ortega no proponía una aristocracia de sangre, sino una aristocracia del esfuerzo. Ser minoría selecta no es pertenecer a un club exclusivo; es asumir una disciplina personal. Exigirse más que el promedio. Estudiar antes de opinar. Comprender antes de juzgar. Defender principios incluso cuando no son populares.

En la era de la hiperconectividad, tal vez la verdadera rebeldía no consista en gritar más fuerte, sino en pensar más hondo. No en multiplicar opiniones, sino en fortalecer criterios. No en reducir la democracia al voto, sino en vivirla como cultura cotidiana: respeto por la ley, vigilancia del poder, defensa activa de derechos y deberes.

Una advertencia vigente

La rebelión de las masas no es un episodio histórico cerrado. Es una tentación permanente de las sociedades prósperas y tecnificadas: creer que la comodidad es permanente y que la libertad no requiere esfuerzo.

Cuando nadie quiere dejar de ser masa, la mediocridad se convierte en norma. Y cuando la mediocridad gobierna, los derechos se vuelven negociables.

Tal vez releer a Ortega hoy no sea un ejercicio de nostalgia intelectual, sino un acto de lucidez. Porque la pregunta que atraviesa su obra sigue intacta: ¿queremos ser simplemente parte del ruido o asumir la responsabilidad de sostener aquello que decimos defender?


Ilustración abstracta de una rebelión o cambio social, reflejando el espíritu del ensayo.

Epílogo: Técnica, sistema y fragilidad humana

Otros diagnósticos contemporáneos, como el de Industrial Society and Its Future, señalaron también una pérdida de autonomía en el marco del sistema industrial moderno. Allí donde Ortega advertía la comodidad que adormece, ese texto denunciaba la estructura que condiciona.

Más allá de las diferencias radicales en sus conclusiones, ambos coinciden en una intuición inquietante: el progreso técnico no garantiza madurez moral. La abundancia material no asegura libertad interior.

Tal vez la pregunta verdaderamente humanista no sea si debemos rechazar la modernidad o entregarnos a ella, sino cómo preservar la responsabilidad, el criterio y la dignidad humana dentro de un sistema cada vez más complejo.

La técnica puede expandir nuestras posibilidades. Pero sin conciencia social, puede también reducirnos. Y ninguna estructura —industrial, digital o política— sustituye la tarea esencial: formar seres humanos capaces de sostener aquello que construyen en la comunidad.


  • la superficialidad acelerada

  • la opinión como reflejo condicionado

  • la lectura reemplazada por el scroll

  • la indignación como entretenimiento


Si incluso un diagnóstico tan radical como el de Industrial Society and Its Future detecta alienación en la tecnificación, y si Ortega detecta mediocridad en la comodidad, entonces la pregunta incómoda es:

¿Somos más libres o simplemente más estimulados?

Ortega diría que la minoría exigente no se define por cantidad, sino por nivel de exigencia. Si diez personas leen esto entero y una se detiene a pensar, el objetivo está cumplido.

La verdadera rebelión hoy no es gritar más fuerte en redes. Es sostener una idea más de tres párrafos. Y eso, paradójicamente, ya es contracultural.



Nota del autor:

La mención de ideas asociadas a Ted Kaczynski se limita a su dimensión teórica y comparativa. No existe ninguna coincidencia ni justificación respecto de sus acciones violentas, que rechazo de forma absoluta.


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