El reclamo dividido no incomoda al poder
La Argentina atraviesa un proceso profundo de polarización social y política. No es casual ni espontáneo: es el resultado de una estrategia sostenida desde el poder, basada en la mentira sistemática, la estigmatización del adversario y la deslegitimación de toda voz crítica. Así se fragmenta a la sociedad y se debilita su capacidad de respuesta.
El gobierno actual no gobierna solo con medidas económicas regresivas, sino también con operaciones discursivas: enfrenta a trabajadores con jubilados, a estudiantes con docentes, a empleados públicos con privados. El objetivo es claro: que cada sector pelee solo, aislado, convencido de que su problema no es el del otro.
Hoy vemos reclamos legítimos por todos lados:
Las universidades públicas defendiendo su presupuesto.
Jubilados reclamando haberes dignos.
Trabajadores enfrentando salarios pulverizados.
Sectores sociales enteros empujados a la precariedad.
Cada uno tiene razón.
Pero cada uno sale a la calle solo.
El poder no le teme al reclamo sectorial
Un reclamo aislado se administra, se desgasta o se ignora.
Un reclamo
fragmentado no pone en jaque a ningún gobierno.
La historia demuestra que los derechos no se conquistaron cuando cada sector pidió “lo suyo”, sino cuando entendió que el ajuste, la exclusión y la injusticia tienen una raíz común. El deterioro de las universidades públicas está ligado al ajuste a los jubilados. La caída del salario está conectada con el vaciamiento del Estado. No son conflictos distintos: son caras del mismo modelo.
El vacío que deja la división
Hay una consecuencia aún más grave de esta fragmentación: el vacío de poder popular. Cuando la sociedad está polarizada y dividida en reclamos sectoriales, no solo se debilita la protesta, sino que se deja un espacio libre en el centro del escenario político.
Ese vacío nunca queda desocupado.
Es allí donde los intereses más nefastos construyen sus recambios. Cuando un gobierno se desgasta, no desaparece el proyecto que lo sostiene: se recicla. Cambian los nombres, los discursos y las formas, pero se mantiene la misma lógica de saqueo, exclusión y concentración del poder.
La división social no frena a estas fuerzas: las prepara el terreno. Sin una organización popular amplia, consciente y solidaria, el desgaste de un gobierno solo habilita la aparición de nuevos “monstruos” políticos, listos para continuar la misma posta mafiosa bajo otra fachada.
La unidad no es consigna, es estrategia
La verdadera fuerza del pueblo no está en marchas separadas ni en calendarios fragmentados. Está en la organización colectiva, en la solidaridad entre sectores y en la construcción de un reclamo común que señale al verdadero responsable.
Un pueblo dividido discute entre sí.
Un pueblo unido discute con el poder.
La unidad no borra diferencias, pero las ordena bajo un objetivo mayor: defender derechos, dignidad y futuro. Mientras sigamos reclamando por partes, el poder seguirá gobernando para pocos. Cuando el reclamo sea masivo, transversal y organizado, ya no podrá ser ignorado.
No se trata solo de resistir a este gobierno.
Se trata de
no dejar el camino libre para el próximo.