Mirar a otro lado (pero en HD)

La comodidad de solo Mirar


En Argentina mirar a otro lado es casi un deporte nacional. Se practica sentado, con mate, Wi‑Fi estable y conciencia tranquila. No requiere esfuerzo físico, ni organización, ni transpiración. Solo un pulgar ágil y la convicción profunda de que indignarse en redes equivale a luchar.


La escena es conocida: timelines incendiados, posteos furiosos, hilos explicando por qué el ajuste es criminal, memes denunciando la obscenidad del poder judicial, análisis lúcidos sobre la connivencia entre prensa y gobierno. Todo impecable. Todo correcto. Todo… virtual.

Porque cuando llega el momento incómodo —ese en el que la historia siempre se escribe— la militancia se transforma mágicamente en espectadora. Se mira la realidad desde otro lado: desde la pantalla, desde el sillón, desde la seguridad de no exponerse.


Se critica a quienes “miraron a otro lado” cuando votaron a sus verdugos. Pero se lo hace mirando exactamente al mismo lugar: lejos de la calle, lejos del cuerpo colectivo, lejos del conflicto real. Como si la indignación digital no fuera también una forma elegante de no hacer nada.


La calle, ese espacio arcaico y molesto, sigue ahí. Llena de ruido, de contradicciones, de cuerpos distintos. Un lugar donde no hay botón de “silenciar”, ni algoritmo que te proteja del que piensa diferente. Un lugar donde el poder  presta atención, porque no puede scrollear.

Pero claro, la calle incomoda. No da likes. No permite editar el discurso después. Exige organización, tiempo, acuerdos, asumir costos. Y sobre todo, exige algo que no entra en ninguna story: acción colectiva sostenida.


Una persona mirando a lo lejos, representando la idea de 'mirar a otro lado'


Mientras tanto, el gobierno avanza. El ajuste también. El poder judicial sigue operando como brazo político. La prensa cobra, edita y legitima. Y la “resistencia” se mide en alcance, no en fuerza real.


Hay una fantasía peligrosa en creer que el conflicto es cultural y se gana solo con argumentos. Como si la historia argentina se hubiera escrito a fuerza de posteos brillantes y no de movilización popular. Como si los derechos se hubieran conquistado con hashtags y no con presencia masiva en las calles.


No se trata de romantizar la protesta ni de negar el valor de la comunicación digital. Se trata de algo más simple y más incómodo: sin calle no hay límite al poder. Sin organización real, la indignación se vuelve catarsis. Y la catarsis, cuando no se transforma en acción, es funcional al mismo sistema que se dice combatir.


Tal vez el problema no sea “mirar a otro lado”. Tal vez el problema sea creer que mirar ya es suficiente.


Y mientras tanto, el poder agradece. Porque nada le resulta más cómodo que una sociedad despierta, informada, lúcida… y sentada.



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